PARAJES DEL SILENCIO

CECILIA SUÁREZ

El tiempo está fuera de quicio

Parajes

"El tiempo está fuera de quicio", Hamlet,

W. Shakespeare

Una de las vertientes más incisivas de las artes y las humanidades contemporáneas es aquella que interroga la relación de lo humano con lo natural y de lo humano con lo animal. Este cuestionamiento se ha tornado ineludible en el marco de la actual crisis ecológica y civilizatoria, cuando el proyecto moderno de pensar la naturaleza como exterioridad pasiva y recurso inagotable se revela en toda su fragilidad.

En este contexto, Diego Jaramillo Paredes ha producido una nueva serie de pinturas que sitúan su práctica artística en una zona liminal. Más, mucho más que narrativas o ilustraciones, estas obras buscan restituir nuestra capacidad de percibir y sentir el mundo, suspendiendo la función de representación de los dispositivos y devolviéndonos la originaria capacidad de experimentar lo sensible.

Radicalmente distante y distinto de las prácticas estéticas románticas, naturalistas o realistas, Jaramillo recurre a la superposición de capas acrílicas, veladuras y transparencias para pintar parajes melancólicos de fragmentos emergentes que invitan al espectador a ingresar en un estado contemplativo, en una suerte de ritual o ceremonia sagrada, que consiste en estar-ahí ante las imágenes que más bien nos miran.

La materia pictórica oscila entre tonos apagados —grises, ocres, verdes, azules, blancos— y súbitos destellos de color que no pretenden consolidarse en figuras estables. Esta tensión cromática encarna la fragilidad de lo natural en un tiempo marcado por la devastación. Por momentos borrada o, en otras, insistente, la pincelada genera superficies erosionadas que evocan montañas apenas insinuadas, cortezas arbóreas, ruinas vegetales o mantos de niebla.

En ninguna de las piezas de esta serie pintada por Jaramillo hay presencia de la figura humana; tan solo en una de ellas emerge una columna altamente simbólica que evoca la cultura y la arquitectura de una civilización que padece su mayor crisis.

La técnica refuerza el efecto de suspensión: el espacio pictórico se mantiene ambiguo, entre lo orgánico y lo abstracto. Al espectador no se le concede la comodidad de una visión mimética, sino que se lo invita a deambular por un campo espectral, a reconstruir con la herramienta de su propia memoria lo que los lienzos insinúan y a aceptar la imposibilidad de recomponer un todo. En este sentido, las piezas se convierten en dispositivos de percepción crítica: nos obligan a habitar la fractura y a reconocer nuestra vulnerabilidad compartida con lo no humano.

La obra dialoga con debates filosóficos contemporáneos. Giorgio Agamben plantea que el arte puede desactivar los dispositivos de poder tornándolos inoperantes; aquí, la inoperancia se traduce en la supresión de la representación del paisaje tradicional. Bruno Latour recuerda que jamás fuimos modernos y en las telas de Jaramillo, la separación entre naturaleza y cultura se derrumba en redes híbridas donde lo humano se descubre bajo la mirada de lo no humano. Donna Haraway advierte que no existe un “afuera natural” intacto al que podamos retornar; las veladuras que produce el artista sugieren precisamente la urgencia de co-producción de mundos, aunque siempre incompletos.

Viveiros de Castro señala que la imposibilidad de una naturaleza objetiva es un problema de la ontología occidental; los lienzos de Jaramillo materializan esa imposibilidad en paisajes fragmentados, irreparables. Achille Mbembe, por su parte, sitúa la ruptura con la tierra en la historia colonial y capitalista: resonancia que aflora en la textura erosionada de las obras, donde la devastación se vuelve memoria visible de una violencia planetaria.

La potencia de esta serie radica en su capacidad de conjugar valores plásticos y pensamiento. La riqueza cromática, la opacidad de las capas y la ambigüedad compositiva no son simples recursos técnicos, sino encarnaciones materiales de la experiencia contemporánea de la fractura. Confrontado con estos fragmentos, el espectador experimenta la melancolía en un tiempo desquiciado y, sin embargo, urgido de reinventar modos de cohabitar con lo no humano.

La pintura de Diego Jaramillo nos enfrenta a una doble certeza: la imposibilidad de retornar a una unidad perdida y la necesidad de inventar nuevas formas de coexistencia. La melancolía de sus imágenes no es resignación, sino conciencia crítica. Su potencia estética y política se juega en este gesto: obligarnos a mirar, desde la herida abierta, la posibilidad de un mundo compartido.

PARAJES DEL SILENCIO
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